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Los anillos de Saturno: En busca de Marcel Proust

Actualizado: 8 ago

La introducción de un tipo especial de invertidos que existen "menos exclusivamente bajo el satélite de Saturno", que dan a sus placeres "imperiosas localizaciones" y que acaso "ofenderían con sus confesiones a la mayoría de la gente", debe sin embargo prevenirnos de asimilar a los diversos personajes que pueblan la teoría proustiana de la sexualidad con las nociones analíticas de identificación, ideal del yo, elección de objeto o "melancolización" del género, mientras no se haya evaluado su funcionamiento de conjunto.


Si se hubiera captado la organización en profundidad que nos hace descender de ese afeminamiento superficial que exhiben los gigolós de la familia ante los ojos del señor de Charlus hacia esa creación proustiana de una mujer inconsciente que, adormecida en ciertos hombres, se aferra al menor de sus gestos para asomar, ya sea en la postura, ya sea en la caída en trenzas de una cabellera como de niña, cuando el aparato de condicionamientos y de censura ambiente de la vigilia deja de pesar sobre sus inclinaciones íntimas, ciertamente no se habrían tomado algunos comentarios de los personajes públicos de Gilles Deleuze y Félix Guattari (comentarios, en su mayoría hechos en el marco poco serio, supuestamente jovial y no académico de las entrevistas) ni por un dandismo del filósofo impostor, según Cressole, ni por un rechazo ferozmente aséptico de esa homosexualidad excremencial como criterio diferenciador del gay "verdadero", según Beatriz Preciado. La idea se encuentra en su "Ejercicio de lectura contrasexual: Deleuze o el amor que no osa decir su nombre": Preciado, Manifiesto contrasexual. El título ya anticipa bastante el sesgo exegético: Deleuze habría sido un marica que, a pesar de algunos intentos ¡ay! demasiado tímidos, nunca habría salido de la estrechez epistemológica del armario. Y, sin embargo, henos aquí, dos décadas después de su muerte, volviendo a plantear la pregunta. O bien Cressole y Preciado tienen razón, o bien Deleuze hizo algo más rico, más delicado también que un simple coming out: devenir imperceptible, etcétera.


Primero, está ese baile complejo donde la referencia a lo real que forman Charlus y Jupien en su encuentro insólito cambia de lugar con la metáfora vegetal, que deja por ello de serlo y se vuelve exposición de circunstancias donde todo aspira al documento: el encuentro proporciona la materia bruta, que el estilo moldea para hacernos inteligible una concepción novedosa de la homosexualidad. Pero la escena de la orquídea que atrae al abejorro (sic), como la doncella en la espera encendida del kamikaze que ha de fecundarla, no sobrevuela la danza gerontofílica del rico barón y el simple chalequero en un registro alegórico con el único fin de espolvorear el texto de bellas imágenes, distinguible de la escena "objetiva" que se desarrolla ante el narrador mediante una serie de reenvíos, siguiendo una línea divisoria que coordina los dos planos de la forma y el contenido, de la enunciación de un sentido primero y de su expresión.


En realidad, es porque observaba una orquídea de verdad, poco antes de la llegada del barón al hotel, que el narrador sorprenderá su flechazo, seguido del cuerpo a cuerpo entre los dos hombres-mujeres. ¿Qué otra razón podía tener Proust para inscribir en un solo plano el relato de su encuentro y la presencia, en el mismo patio, de un arbusto de la duquesa cuya flor aguarda "la llegada casi imposible de esperar —con tantos obstáculos de distancia, riesgos contrarios peligros— del insecto enviado desde tan lejos como embajador", si no es el esbozo de esa intuición según la cual los amores de ciertas flores aromáticas y de algunos insectos alados, que cruzan las fronteras prohibidas entre los reinos animal y vegetal, conocen una forma de correspondencia en los que tejen entre sí las personas del mismo sexo —aunque ocurra con el sexo como con los humores hipocráticos: uno los tiene todos, pero en proporciones diversas—.


Ser mujer en este punto de En busca, en este momento de la elaboración de una teoría sexual, consiste, sencillamente, tontamente, en desear a los hombres. Definición que solo es simple en apariencia, pues al admitirla, al suponer que es mujer todo cuerpo atravesado por una inclinación hacia los hombres (se ve enseguida la trampa: ¿qué es un hombre, o quién puede, de derecho, reivindicar su "sustancia" evanescente, si entre los cuerpos provistos de escroto y testículos los hay que son, a pesar de todo, mujeres?), la homosexualidad desparece con un golpe de varita. Es tanto como decir que Proust presentía la noción de género obliterada detrás de las prescripciones sociales que codificaban las relaciones de sexo contemporáneas a su intervención literaria.


"¿Por qué, al admirar en el rostro de ese hombre delicadezas que nos conmueven, una gracia, una naturalidad en la amabilidad que los hombres no tienen, habría de afligirnos saber que dicho joven busca a boxeadores? Son aspectos diferentes de una misma realidad e incluso el que nos repugna es el más conmovedor, más que todas las delicadezas, pues representa un admirable esfuerzo inconsciente de la naturaleza: el reconocimiento del sexo por sí mismo, pese a sus engaños, resulta ser el intento inconfesado de evadirse hacia lo que un error inicial de la sociedad ha colocado lejos de él"



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