¿Quién es un Adicto?
- Alejandro Arciniegas

- 7 ago
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Actualizado: 8 ago
De acuerdo con el texto básico de Narcóticos Anónimos, una persona es adicta cuando su vida se encuentra controlada por las drogas: “Toda nuestra vida y nuestros pensamientos giraban, de una u otra forma, en torno a las drogas, cómo obtenerlas y el modo de conseguir más. Vivíamos para consumirlas y las consumíamos para vivir. Estamos en las garras de una enfermedad crónica y progresiva que nos arrastra invariablemente a los mismos lugares: cárceles, hospitales y la muerte”. En el párrafo citado no queda muy claro cuál es el estatuto científico-médico de Narcóticos Anónimos.
Estas primeras consideraciones suscitan la pregunta: ¿Desde qué plataforma científica acusan los autores que la adicción es una enfermedad? O, visto de otro modo, si supiéramos de alguno que encontraba difícil despertarse temprano para ir a trabajar ¿Podríamos afirmar sin más, por la recurrencia del cansancio, que aquella situación era sintomática de una enfermedad? En términos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), una enfermedad crónica es “aquella de larga duración, cuyo fin o curación no puede preverse o no ocurrirá nunca”. Después de anotar que no hay consenso acerca de cuándo una enfermedad entra a ser crónica, la OMS desglosa, sin embargo, aquellas afecciones que aun consideradas tales no comportan mayores riesgos para el organismo, como asma, rinitis, ciertas fallas renales, etc., y aquellas que pueden ser mortales como cardiopatía, cerebrovasculares, diabetes, cáncer. Esta breve exposición terminológica aporta la siguiente conclusión: la facultad de una enfermedad de ser crónica se refiere a un cierto grado de su evolución, o sea, se define el criterio temporal según el cual una enfermedad, por su persistencia, revela en un momento dado que o bien es incurable o, en todo caso, que la ciencia podrá o no curarla, de acuerdo con sus propios avances en tecnología e investigación.
Narcóticos Anónimos la tiene clara: “Estamos en las garras de una enfermedad crónica y progresiva que nos arrastra invariablemente a los mismos lugares: cárceles, hospitales y la muerte”. Con lo dicho hasta acá no pretendemos refutar la validez de este principio, a saber, que la drogadicción es una enfermedad. Veamos cómo Narcóticos Anónimos declara su razón social: “NA es una confraternidad o asociación sin ánimo de lucro compuesta por hombres y mujeres para quienes las drogas se habían convertido en un problema muy grave”. La OMS, en cambio, no nos dice nada acerca de la gravedad de las enfermedades crónicas, en las que atiende para su definición únicamente a esta cualidad de prolongarse, de ser endémicas. Por su parte, a fin de conseguir delimitar el campo de la drogadicción en el contexto de sus reuniones, Narcóticos Anónimos debe ir más lejos, señalando el punto a partir del cual una persona que ha entrado en relación con las sustancias que tienen esta propiedad de hacer adictos (tema aparte), puede ser catalogada enferma. Y entonces aparecen instancias que, como la cárcel, el hospital y la muerte, expresan ya lo que debemos entender por “un problema muy grave”. El estatuto científico de Narcóticos Anónimos y los fundamentos epistemológicos de su presupuesto básico: adicción = enfermedad, quedan por fuera de nuestro objeto. Es evidente que el libro de Narcóticos Anónimos, aunque encierra una pretensión de validez, incluso de veracidad (la sumisión de este principio garantiza la vinculación en forma permanente de hombres y mujeres a la confraternidad, teniendo en cuenta la naturaleza indefinible de la cura), no se ofrece, sin embargo, como un tratado de etiología, sino más bien como un manual sencillo para aquellos que se acogen de buena gana a sus principios.
Mucho más interesantes, para abordar el problema teórico de la “drogadicción”, son las preguntas que Peter Sloterdijk, desde un punto vista filosófico, propone a los futuros investigadores. Después de especular acerca de cómo la adicción podría ser la respuesta a tres circunstancias en la subjetividad histórica: 1. El enmudecimiento de los dioses, 2. la desritualización de la sujeción, 3. La formación explícita de la voluntad de no-ser, cada una de las cuales abarcaría para sí un período de milenios, Sloterdijk plantea los interrogantes decisivos: “¿Cómo fue posible que la adicción diera con la droga? ¿Por qué medios adquieren las sustancias psicotrópicas la reputación de ser “drogas” y hacer adictos? ¿Cómo pudo nacer la certificación objetiva de que hay sustancias que, como tales, son esclavizadoras del ánimo y productoras de adicción? ¿Cómo pudo generalizarse la certificación sicológica de que, por naturaleza, haya individuos propensos a la adicción?”. Sloterdijk no se engaña; sabe perfectamente que sus formulaciones superan en magnitud y alcance las competencias de historiadores y filósofos en el estadio actual de la academia. Pero, de momento, el profesor ha conseguido lo importante: desnaturalizar la asociación frecuente, tan espontánea en apariencia, entre sustancias y adicción. Al término de un sabroso repaso, aunque rapsódico, por fuerza, después de enumerar las relaciones de naturaleza muy variada que los hombres mantuvieron siempre con las drogas, relaciones que comprenden el uso mágico, ritual y religioso, medicinal y curativo común a los indígenas, pero también las obsesiones y las prácticas de heroinómanos en la ciudad contemporánea, Sloterdijk vuelve a situarnos delante de la única cuestión: ¿Cuándo comenzamos a hablar entre nosotros de “adicción”?
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